La creación de la memoria: la puerta de la plasticidad

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Gaspar con sus dos años mueve las ruedas de un autito, las hace girar, giran sin detenerse, la mirada fija e inmutable parece imantar los ojos hasta moverlos en el mismo impulso. La mano realiza el giro, la postura sostiene el móvil. La tensión de los dedos toca la rueda para moverla en el aire. Ensimismado en su hacer, mimetizado, consume el espacio en el tiempo de la profunda inercia que reproduce sin pausa ni silencios ensordece la soledad, el murmullo invariable del roce que cada ruedita genera en la fricción muda del instante. Fijado al movimiento, sin plasticidad sufre.

La acción de girar dura, densidad, duración, que le permite permanecer indiferente a otros, o a otra propuesta que no sea la de girar. No juega con el objeto, lo gira en un movimiento mas o menos uniforme que no llega a transformarse en gesto o a devenir una representación. Ocupa toda su energía y perspicacia en moverlo sin pausa girándolo sin detenerse. Frente al pedido o la demanda de sus familiares o cualquier otro (docentes, acompañantes, terapeutas) continúa la acción sensorio motora. 

El movimiento sensorio motor sostiene un ritmo en cada uno de los giros, el cuerpo encarnado en la postura acompaña, tiembla, se sacude, a veces aletea acorde a la acción que realiza, reproduciendo una sensación plena de goce que lo totaliza consumiéndose en ella. Empantanado en el hacer móvil genera un tiempo presuroso en su dinámica, inerte existe en el movimiento que intempestivamente hace. Sin partir, ni llegar a ningún lugar.

Luego de cinco meses de comenzar el tratamiento a partir de entrevistas con los papás, decidieron que Gaspar concurra a un jardín materna. Llamativamente logra adaptarse rápidamente a él y comenzamos un trabajo interdisciplinario para pensar estrategias que procuran enlazar lo sensorio motor con la gestualidad en función, no solo de la relación con la docente, sino con los otros niños que empiezan a llamarle la atención y a querer relacionarse con ellos. Los cambios son significativos, quiere ir al jardín, se separa sin problemas de sus papás y a veces toma de las manos a sus compañeros. 

Actualmente en las sesiones Gaspar toma dos autitos, los hace rodar, algunas veces se entretiene girando las rueditas, pero ante la demanda lo pone en el piso y los lanza. Cuando lo hace, coloco un sonido al motor: “Trrrrrr…trrrrr” y anticipo que se lo voy a devolver. En un momento, registro que quiere salir del consultorio, abro la puerta y aprovecho ese gesto para lanzar por el pasillo un camioncito. Alegre, va a buscarlo y vuelve con el en la mano, pasa por delante mío y sin dejar de mirarme, cierra la puerta…en ese instante el queda adentro y me encuentro afuera…ante esta situación, desde fuera, exclamo: “Noooo, nooo, voy a llorar, no quiero estar afuera” (hago el sonido del llanto). 

Gaspar abre la puerta y le digo: “Holaa, holaa”, saludándolo, pero cuando procuro volver a entrar el vuelve a cerrarme la puerta, quedo otra vez en el pasillo. Con la mano golpeo la puerta: “Abrime, abrime…estoy solo…”, a continuación, con una gran sonrisa, abre la puerta. Vuelvo a saludarlo, pero rápidamente, con la picardía de un gesto, en la realización del momento vuelve a cerrar con mucha más fuerza. Efecto del impulso se escucha un estruendo del portón. La situación se repite en la diferencia, no es mimética, se esta jugando otra escena que todavía no alcanzo a vislumbrar.

Abre y apenas quiero entrar, la cierra. La postura, el gesto sonriente y la mirada chispeante afirma el movimiento sensorio motor en sentido relacional. Vuelve a dejarme afuera. Al hacerlo, de este modo, produce un umbral, una zona intermedia, un entretiempo que quiebra lo homogéneo y nos introduce en la heterogeneidad de un nuevo escenario.

La misma experiencia escénica que Gaspar inventa empieza a tener algunas variantes, por ejemplo, al encerrarse dentro aprovecho esa instancia y corro hacia la escalera al fondo del pasillo. Escondido, acurrucado para que no me vea, sale corriendo a buscarme, lo oriento con un silbido, un ruidito, un llamado, y al encontrarme, me da la mano, vamos caminando juntos hasta la puerta de entrada. Allí me aleja, entra, y vuelve a dejarme afuera. 

-G-

Con Gaspar sin duda construimos un espacio íntimo, secreto, cómplice. Como si en el “entredós” nos guiñáramos los ojos, la puerta que divide al consultorio del pasillo es un limite que trama la otra escena, en ella también se divide el tiempo, se juega la propia presencia en la ausencia del otro y la del otro en uno. La puerta en tanto realización en acto del gesto dramatiza la posibilidad de lo imposible, crea un deseo de jugar. Gaspar produce un entretiempo, el placer de mover la puerta causa el deseo de cerrarla y abrirla mediada por Esteban que protesta, hace berrinches, llora, grita, demanda, habla, festeja. Juego de gestos que envuelve el placer del deseo de jugar. De él se desprende la potencia libidinal que pulsionaliza el hacer. 

En esta serie que analizamos, el tiempo se divide y deviene un cristal, no para reflejarse, sino justamente para diferir, para originar la diferencia. Generar el sinsentido que fuerza la transformación, la plasticidad por la cual despliega la capacidad deseante de un tiempo nuevo.

El deseo de moverse (el cuerpo), mover (las cosas, la puerta) y hacerse mover (por otro) motoriza el impulso pulsional por el lado del placer gestual del acto de jugar con otro, para luego llegar a desdoblarse en la metamorfosis que implica hacer de cuenta que es otro que no es (un muñequito, un animalito, un títere) un personaje de ficción que “espontáneamente” genera un intervalo, una pausa en la cronología que reúne lo actual y la historicidad a través del placer del deseo ficcional que mueve al cuerpo (la sensibilidad cenestésica, interoceptiva, propioceptiva) hacia otra experiencia en el uso de imagen corporal.

El placer en el movimiento, en la experiencia de moverse, articula la función motriz (la mecánica motora) en su funcionamiento pulsional. La sensibilidad cenestésica toma forma dramática y configura la imaginación del hacer. El cuerpo al moverse, pierde la consistencia material, la sustancia corpórea se sostiene en la escena. El cuerpo funciona como objeto causa de deseo y el tiempo decanta en cristales que recrean la propia experiencia del niño y con ella el escenario ficcional.

El placer en movimiento pone en juego la pulsión motriz y con ella lo indeterminado del quehacer psicomotor. El uso de la imagen del cuerpo unifica y transforma la experiencia en otra que como efecto dramático transforma, produce plasticidad neuronal, simbólica y temporal. El tiempo en la experiencia infantil es plástico, móvil y plural en contra posición al sufrimiento que no es plástico.

-H-

Sorprendido, en las próximas sesiones, repite el juego, Gaspar con picardía sonríe, cierra la puerta y juega a sacarme, dejarme pasar y en suspenso crea la espera para ir a buscarme. El placer del deseo enlaza el movimiento entre la sensorialidad y la motricidad. Efecto de este enlace, la libertad de moverse, se estructura en relación al deseo del otro, la ficción y la sorpresa como experiencia fundante de la natalidad.

Lo que sobreviene a la gestualidad es la posibilidad de la donación del don que da lugar a la singularidad. Tal vez de lo que se trata es de donar el tiempo, un tiempo que genere un cristal para atravesar y al hacerlo producir la diferencia en lo idéntico. En un momento que cierra la puerta alcanzo a llamar al ascensor y esconderme en él, Gaspar en el juego abre la puerta, corre por el pasillo, me busca por las escaleras, y al no verme, comienza a desesperarse. Aparezco, me extiende la mano, y se queja para que no me esconda. Le explico que estaba jugando…sonríe y entramos. 

Sin duda Gaspar crea el tiempo al dividirlo. A partir de allí aparece la temporalidad anterior, el instante (la ocasión) y lo que vendrá (el porvenir). Correlativamente juegan tres espacios: el adentro, el afuera y el umbral, esa zona de apertura y cierre donde se rebela, es un hacer rebelde que va sucediendo a medida que se acciona, que se pone en juego al jugar. Al cerrar la puerta, origina la negatividad como condición esencial de la experiencia heterogénea y la rebeldía plebeya.  El no (no entrar, no pasar) es una afirmación negativa y en tanto tal, afirma la imagen corporal y crea lo que difiere, lo diferente. 

El otro, lo otro, son en tanto difieren de lo anterior, es lo que consideramos cuando afirmamos que al jugar el yo es otro y el otro es yo, destiempo que genera la memoria del tiempo del devenir. Jugar la negatividad para Gaspar implica salir del cuerpo, no coincidir con el y abrirse al afuera, donde por fin puede tomar el riesgo de estar solo, jugando con otro a producir lo imposible y de este modo crear la comunidad del “nos-otros”.

-I-

La “resistencia” de Gaspar a que entre al consultorio no solo dice NO sino que lo hace. Si bien niega, no renuncia a ser él, por el contrario, lo forja y constituye. El representante paradigmático de esta negación lo podemos pensar a partir de Bartleby, personaje creado por Herman Merville. Él cuenta la historia del oficinista que intenta pasar desapercibido al responder a cualquier requerimiento y petición de su jefe con la frase: “preferiría no hacerlo”. Bartleby, utiliza el no para lograr evitar las tareas que se le querían imponer, esta respuesta constante, repetitiva y punzante “preferiría no hacerlo” conforma la rebeldía y la sorpresa por lo inesperado e inaugura otro tiempo donde el no se rebela al si de lo siempre igual, de lo mismo. 

Gaspar origina un gesto rebelde. Rebeldía curiosa que enlaza el NO (la negatividad) al SI (la afirmación) en una gestualidad que inaugura un cristal temporal, un instante del tiempo fuera del tiempo cuyo alcanza subversivo escapa de la fijación encerrada en el encierro. Crea la ocasión, una bisagra -umbral-, un “mientras tanto”, propio del devenir, del instante naciente de lo infantil de la infancia donde un niño de dos años por vez primera encuentra el tiempo del placer del deseo de desear de nuevo. 

-J-

La infancia no es nunca la experiencia cronológica de la niñez. Ella esta constituida por los instantes del tiempo (efecto de los acontecimientos marcantes) cuya intensidad y potencia mantiene viva la fuerza vital del acto creador durante toda la vida. Gaspar día a día nos demuestra en la pasión precoz de su gestualidad la memoria estructurante del devenir en el origen de la subjetividad. Como nos enseña la experiencia cotidiana “somos contemporáneos del niño que fuimos” por donde circula la memoria actuante del devenir.

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